Los fantasmas del astillero

Los fantasmas del astillero
Cuenta la historia que en los Astilleros de Guayaquil se construyeron hace muchos años las más grandes embarcaciones. Fueron sin duda los astilleros más famosos de las dos Américas. Durante los dos últimos siglos coloniales fueron los principales del Pacífico Americano y los más célebres de Europa.
Es allí donde comienza nuestra historia con un joven pescador llamado Jeremías. Su vida había transcurrido cerca del mar, hijo de pescadores y el último de una generación de hombres fuertes y valientes que en aquella época se dedicaron a carenar barcos.
Siempre escuchó contar a sus abuelos sobre anécdotas ocurridas en el Astillero. Su sueño fue siempre construir un barco tan grande y tan hermoso que fuera digno de cruzar el océano y rescatar un poco de aquella historia, pero su condición económica jamás se lo permitiría, por eso solo se conformaba con llegar cada tarde después de la pesca a mirar ocultarse el sol a orillas de los Astilleros, desde allí contemplaba el horizonte, y su sueño alejarse cada vez más de la orilla…
Cierto día al llegar de su faena, cansado y abatido porque la pesca no había sido tan buena, se quedó en su lugar preferido esperando ver ocultarse el sol, estaba tan cansado que no se dio cuenta en que momento se quedó dormido…
De pronto una luz muy brillante y un ruido estruendoso lo hizo despertar y ante sus ojos, algo maravilloso ocurrió; decenas de hombres estaban allí, construían algo, ninguno al parecer se había percatado de su presencia pues todos seguían trabajando. Jeremías se aproximó hacia ellos y los miró desconcertado preguntándose ¿quiénes serían esos personajes y qué es lo que hacían?, ¿por qué nadie le había hablado de ellos?, corrió de un lado a otro buscando a alguien que le respondiera sus preguntas pero nadie parecía escucharlo, todos seguían trabajando…. jeremías jamás había visto esos rostros…
Al amanecer Jeremías vio como en medio de la espesa niebla aquella imagen se desvanecía y no quedaba nada de todo lo que había visto. Inmediatamente pensó… fue un sueño… nada más fue un sueño… se marchó a su casa y no pensó más en aquello. ¡Ah!, si hubiera sido cierto quizás el también hubiera contribuido en el trabajo…
El tiempo fue pasando, Jeremías era un hombre bueno, siempre ayudaba al que lo necesitaba, así no tuviera nada que comer, el prefería entregar toda su pesca a tanta gente pobre que vivía por allí. Todos lo querían y todos acudían a él cuando lo necesitaban, niños, ancianos, hombres y mujeres, y siempre lo veían rodeado de niños que se divertían escuchándolo contar sus historias y sus hazañas de pescador. Una vez un tiburón casi lo deja sin piernas, pero Jeremías no mató al animal, el decía que esas criaturas no eran malas, solo sobrevivían igual que todos lo hacemos en este mundo y que aquella bestia no era más depredadora que muchos hombres que devoran a la gente con mentiras, el animal mata para sobrevivir, el humano para calmar su sed de venganza, de codicia, de poder…
Un día… solía decir Jeremías, un día yo construiré un barco grande y llevaré a todos los niños y niñas en el, y buscaremos una isla donde solo reine la paz y la alegría, y seremos todos “amigos”. ¡Ah! pobre Jeremías, decía la gente, pasa todo el día en el mar bajo el sol que solo le queda inventar fantasías.
El tiempo pasó. Jeremías se fue volviendo viejo, ya no tenía fuerzas para ir a pescar, ya no contaba historias y tampoco podía ayudar a la gente, sin embargo su sueño seguía vivo en su corazón.
Cierta noche, Jeremías despertó inquieto, ¡alguien me llama! decía, las voces vienen de los Astilleros, debo vestirme. Sacó del viejo baúl de su abuelo un deteriorado traje blanco y un gorro de marinero. Jeremías salió a las calles y empezó a caminar sin rumbo, iba y venia sin decidirse a tomar la ruta.
De pronto, de entre las tinieblas de la noche surgió una imagen que le extendió su mano y le dijo: “Jeremías, Jeremías, el momento ha llegado, tu sueño se ha cumplido, ven conmigo”, y ante ese mandato Jeremías acompaño a la imagen y llegó a los Astilleros.
Allí estaba, el mismo cuadro que había visto hace tantos años, estaba allí, decenas de hombres trabajando, trocos de guachapelí, canelo, guayacán, algarrobo, mangles, cañas, robles, ricas maderas que fueron el tesoro de aquella gran época donde construir barcos era nuestra riqueza.
Allí estaban y ante tan bella imagen algo más maravilloso. Era imponente, majestuoso, digno de todos los mares, ante sus ojos el barco más hermoso que hombre alguno pueda imaginar jamás.
Los hombres se hacían a un lado, Jeremías no sabía porque le hacían reverencias. No decían nada, nunca lo hacían, solo extendían sus manos en señal de reverencia, señalándole el camino hacia el muelle.
Jeremías no sabía lo que sucedía, estaba maravillado, no sabía si reír o si llorar de alegría.
De pronto, la voz de aquella imagen lo sacó de su éxtasis y se acercó hacia el, esta vez tomando forma…, la forma de un ángel. “Jeremías” le dijo, “fuiste un hombre tan bueno que por eso Dios te ha devuelto tu sueño, allí tienes tu barco, ve y navega en el y busca tu isla, Dios te ha elegido para ser pescador de almas…”
Jeremías subió al barco y todos los hombres que habían trabajado en el, “fantasmas del Astillero”, lo acompañaron en su viaje…
Al día siguiente, los pescadores de aquel lugar encontraron a Jeremías con su traje blanco y su gorro de marinero muerto en su vieja canoa, pero con una hermosa sonrisa en su rostro…
El tiempo ha pasado y aún ahora en nuestra época cuentan nuestros abuelos que cuando un niño muere en el puerto, Jeremías viene en su barco y lo recoge para llevarlo a su isla que no es otra que el cielo.

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