Pensando en voz alta sobre Dios

 CIVILIZACIÓN 2014-04-17

Pensando en voz alta sobre Dios

 

JOSÉ GARCÍA DOMINGUEZ

“Pertenezco a una generación que ha dejado de ser católica por el mismo motivo que lo fue la de sus padres: sin saber por qué”. Y sin embargo Dios, reflexionaba antes de perderse en el delirium tremenspor los callejones de la Lisboa vieja el mismo Fernando Pessoa que había escrito esas palabras, aún siendo improbable, es posible. Otra época. Otro espíritu. También, ¡ay!, otra prosa. Sobre todo, otra prosa. Aún no había llegado el tiempo de los Richard Dawkins y sus romas miríadas de monaguillos teófobos, los devotos predicadores del rosario positivista con su muy pacata fe del carbonero en la ciencia y en esa risible superchería pagana, el llamado progreso. Sin duda, lo peor de la muerte de Dios resultan ser los toscos sucedáneos que han venido a usurpar el espacio del misterio que ocupara la vieja religión.

¿Qué son, si no, las oenegés y toda la ingente industria de la solidaridad y el humanitarismo lacrimógeno que las rodea más que pobres, rudimentarias imitaciones en cartón piedra de la liturgia y el ancestral misterio cristiano? Como en su día el comunismo y el anarquismo, como ahora el culto a la ecología, a la paz universal o la devoción al libre mercado, apenas esconden tras sus dogmas en apariencia racionales y racionalistas otra cosa que no sea religión sublimada. Húrguese un poco en la trastienda moral de su común lenguaje laico y laicista, solo un poco, y al punto reaparecerá el ancestral afán bíblico de redimir a la Humanidad implantando el reino de Dios en la Tierra. Torpes intentos de secularizar la escatología cristiana, apenas eso.

Acaso la mayor mentira de este tiempo de mentiras que nos ha tocado vivir sea la presunción de que la nuestra es una era descreída. Nada más ajeno a la verdad. Éste es un tiempo de dioses de todo a cien. Y sin embargo, con sus pecados, que son muchos, la Iglesia de Cristo ha generado infinitamente menos fanáticos, idólatras y alumbrados que ese surtido carrusel de religiones laicas, el que lleva dos siglos pugnando por ocupar su lugar. Repárese al respecto en la retahíla de temerarios necios que hoy mismo pretenden impartir magisterio sobre la doctrina social del catolicismo al propio papa Francisco. Y al fondo Él, siempre silente, siempre posible.

 

Fuente: http://www.libertaddigital.com/opinion/jose-garcia-dominguez/pensando-en-voz-alta-sobre-dios-71316/

 

Cambalache

EXPLICACIÓN DE UNA COMPARACIÓN EN LA LETRA CAMBALACHE

¡EXACTA REAL DEMOSTRABLE Y CREIBLE;PARECE MENTIRA QUE JAMÁS LO EXPLICARAN LOS MILES DE ESCRIBAS, LITERATOS E INTELECTUALOIDES QUE DICEN “ESTUDIAR EL TANGO”

La Biblia y el Calefón –
Se habla de ello y la mayoría no sabe de qué se trata:
He aquí la historia de un hecho de la vida cotidiana, que acontecía en la ciudad de Buenos Aires –no sé si en otros lugares pasaba o no–, y que explica el porqué de la aparentemente surrealista asociación de la Biblia junto al calefón que aparece en el tango “Cambalache”, cuyas letra y música fueron compuestas por Enrique Santos Discépolo en 1935.

La historia tiene relación con los baños, la higiene personal y la forma de realizarla; y como no se me escapa que algunos lectores pueden ser jóvenes y pueden no haber conocido otro tipo de baños que los que se estila usar en la actualidad al menos en el mundo occidental y cristiano, voy a recordar primero un par de datos que considero necesario sean tenidos en cuenta.

Los baños que conocemos y que en algunos lugares son llamados ‘completos’, es decir, los que constan como mínimo de retrete inodoro, lavabo y ducha (algunos exquisitos, como el irresponsable que escribe, exigen que además tenga bidet –artefacto desconocido en muchos sitios–) son relativamente nuevos.

Hasta finales del siglo XIX se utilizaban bacinillas (también llamadas ‘tazas de noche’), cuyos contenidos eran arrojados por las ventanas al grito de “agua va”; y antes aún, letrinas, que solían estar en los fondos de las casas.

En Buenos Aires coexistieron bacinillas y letrinas hasta principios del siglo XX, época en que las familias ‘acomodadas’ comenzaron a instalar baños.

Luego el uso de baños se generalizó y se empezó a construirlos en todas las viviendas, aun en las más modestas. El sencillo ‘miniambiente’ constaba al menos de retrete y lavabo y si los lujuriosos dueños de casa gustaban de practicar la morisca costumbre de lavarse todo el cuerpo más o menos seguido, y si además tenían medios económicos suficientes como para costearse ese capricho, los baños también tenían una ducha. Claro, si había una ducha era necesario calentar el agua, así que al lado de la ducha se instalaba un calefón.

Sin embargo, el papel higiénico tardó en obtener su carta de ciudadanía

para poder trabajar en limpio en estas sucias tierras y aun cuando apareció era bastante caro y no estaba al alcance de todas las familias, las cuales se veían obligadas a utilizar para esos fines sanitarios el vulgar papel de diario o, en su defecto, cualquier otro.

Por supuesto, eran muy estimados los papeles más sedosos, así que los sufridos usuarios trataban de conseguir en las verdulerías y fruterías los papeles con los que venían envueltas las manzanas y otros productos de campo.

Otro muy apreciado era el llamado ‘papel biblia’, especialmente delgado y suave.

Ahora bien, ya por entonces existía la Sociedad Bíblica, una de cuyas misiones parece ser la de difundir la Biblia protestante, para lo cual regalaba ejemplares del sagrado libro –en la actualidad, lo sigue haciendo–.

Pues, muchos de los habitantes de Buenos Aires deben de haber parecido devotos creyentes, ya que aceptaban de continuo esas gentilezas, y que siendo mayoría la grey católica, lo mismo pasaban y retiraban la biblia protestante tantas veces como sabían que la Sociedad las tenía en obsequio en las calles, plazas o en su sede central .
LA BIBLIA Y EL CALEFÓN

Sin embargo, cuentan los hombres dignos de fe (aunque Alá sabe más) que quienes obtenían esas Biblias les perforaban una tapa y las colgaban de un gancho de alambre, al lado del calefón, cerca del retrete, e iban arrancando las suaves hojas para usarlas como papel higiénico.

En este hecho se habría inspirado Enrique Santos Discépolo para decir con elegancia propia de un grande autor:

Igual que en la vidriera
irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida,

Y HERIDA POR UN SABLE SIN REMACHE
VES LLORAR LA BIBLIA
JUNTO AL CALEFÓN.