Las ratas

 
Después de la segunda Guerra Mundial,
un joven piloto inglés probaba un frágil avión monomotor
en una peligrosa aventura alrededor del mundo.

Poco después de despegar de uno de los pequeños
e improvisados aeródromos de la India,
oyó un ruido extraño que venía de detrás de su asiento

Se dio cuenta que había una rata a bordo
y que si roía la cobertura de lona,
podía destruir su frágil avión..

Podía volver al aeropuerto para librarse
de su incómodo, peligroso e inesperado pasajero,
pero podría así frustrarse su misión…
De repente recordó que las ratas no resisten
las grandes alturas.

Volando cada vez más alto,
poco a poco cesaron los ruidos que ponían
en peligro su viaje.

Si amenazan destruirte por envidia,
calumnia o maledicencia,

Si te criticaran con maldad:

ACUERDATE SIEMPRE
QUE LAS RATAS NO RESISTEN
LAS GRANDES ALTURAS…
Por eso: ¡Vuela! ¡Cada vez más alto!

Carta de un negro

CARTA DE UN NEGRO
Querido amigo blanco:
Un par de cosas deberías saber,
Cuando yo nací, yo era negro.
Cuando empecé a crecer, era negro.
Cuando voy a la playa soy negro.
Cuando tengo frió sigo siendo negro.
Cuando tengo pánico soy negro.
Cuando me enfermo soy negro.
Inclusive cuando me muero continúo siendo negro.
En cambio tú, mi querido amigo blanco.
Cuando naces eres rosado.
Cuando empiezas a crecer te pones blanco.
Cuando vas a la playa te pones rojo.
Cuando tienes frío te pones azul.
Cuando tienes pánico te pones amarillo.
Cuando estás enfermo te pones verde.
Cuando te mueres te pones gris.
Y tú todavía tienes Los Santos Cojones de decirme que:

Yo soy “de color”???

No seas cabrón!!!

Firma:

Un negro arrecho!!!

Cuando se hundió la Atlántida

CUANDO SE HUNDIÓ LA ATLÁNTIDA

La Atlántida era un continente hermoso hace muchos, muchos años. Las personas que allí vivían eran realmente felices. Reinaba la paz y la alegría. Las mujeres eran muy hermosas y los hombres muy trabajadores. Desarrollaron muchas habilidades y el arte era lo más apreciado para ellos.  Adoraban a sus dioses plenamente y todos eran amistosos y solidarios. Era realmente un hermoso paraíso.
Animales y humanos convivían sanamente, cuidaban y protegían la naturaleza, aprovechaban cada instante para crear algo nuevo y utilizar el tiempo en cosas realmente útiles, no había lagos ni mares contaminados, los bosques estaban llenos de árboles, la naturaleza toda era un singular espectáculo…
Sus grandes templos decorados con colosales pilares y fantásticas estatuas, pirámides hermosas y majestuosos jardines. Todo allí era de una riqueza y de una hermosura absoluta.
Su rey, el gran Atlas, gobernaba el pequeño continente con mucha sabiduría y todo su pueblo lo adoraba…Un día llegó su hermano Atolón, quien había sido desterrado por su padre hace muchos años por ser ambicioso y desalmado con los animales, a quienes degollaba solo para ostentarlos como trofeos.
Atolón envidiaba mucho a su hermano Atlas y cuando supo de la muerte de su padre él pensó que había llegado el momento de regresar por lo que le pertenecía.
Se acercó a Atlas fingiendo haber cambiado y muy sumiso le dijo que quería vivir en Atlántida y ayudarlo a reinar con sabiduría y justicia.
Atlas que era un hombre muy confiado y compasivo, accedió a la súplica de su hermano, pero no habían pasado muchos días cuando Atolón entró en la habitación de su hermano y brindándole unas uvas envenenadas mató al pobre de Atlas y se declaró rey de la Atlántida.
Como era de esperarse Atolón empezó a hacer de las suyas, esclavizó a hombres y mujeres, se apoderó de tierras y animales, declaró la guerra a sus continentes vecinos, agotó toda la riqueza que había almacenado su hermano pensando en tiempos difíciles, la malgastó en fiestas, lujos y diversiones.
Así pasaron algunos años, la pobre gente de Atlántida se moría de hambre, nadie adoraba a los Dioses, los templos estaban en ruinas, los animales morían y la tierra se secó…
De repente, una gran tempestad empezó a caer sobre la Atlántida y duró días de días sin parar. El rey Atolón bajó entonces de su palacio y renegó de los Dioses, en ese momento un rayo poderoso calló del cielo y partió el continente en dos. Atolón también fue partido por el rayo y el continente que antes fuera un paraíso se hundió en las aguas del inmenso y misterioso Atlántico.
Cuenta la historia que Dios bajó entonces hasta el fondo del mar y con su aliento devolvió la vida al gran Atlas para que siga reinando en su viejo continente, ya sumergido en el fondo y que nadie conoce. Pero es cosa cierta que allí vive una raza muy desarrollada, mitad humana y mitad pez y que allí son muy felices, quizás más de lo que fueron en la superficie pues la contaminación y la maldad todavía no han aprendido a nadar…
El egoísmo, la ambición, la prepotencia son los anti valores que destruyeron La Atlántida, no permitamos que ahora intentes destruir nuestro planeta.
Margarita Poveda (Gorrión)

El sordomudo

EL SORDOMUDO

Una familia muy humilde tiene un acontecimiento significativo:

¡El nacimiento de gemelos! Al cabo del tiempo se dan cuenta que uno de ellos es sordomudo, por lo que el abnegado padre se pone a trabajar muy duro y, tras años de esfuerzos, ahorro y sacrificios, logra juntar el dinero para mandar a su mujer y al gemelito a los EEUU, a buscar una clínica especializada.

Madre e hijo llegan a Nueva York, se hospedan en un hotel y, por la tarde van paseando cerca de Central Park, donde hay unos muchachos jugando a béisbol, cuando una pelota golpea fuertemente la cabeza del niño.

Éste cae al suelo y en forma sorprendente se levanta y le grita al bateador: ¡¡¡ME CAGO EN TU PUTA MADRE!!!

La madre, profundamente emocionada porque el niño recobró el habla por el pelotazo, busca la oficina de telégrafos más cercana y le manda un telegrama a su marido: ‘NIÑO HABLÓ: ‘ME CAGO EN TU PUTA MADRE’.

‘Al día siguiente recibe respuesta telegráfica del marido: ‘Y YO ME CAGO EN LA TUYA, HIJA DE PUTA: TE LLEVASTE AL QUE HABLA.’
Gloria Simó

Los fantasmas del astillero

Los fantasmas del astillero
Cuenta la historia que en los Astilleros de Guayaquil se construyeron hace muchos años las más grandes embarcaciones. Fueron sin duda los astilleros más famosos de las dos Américas. Durante los dos últimos siglos coloniales fueron los principales del Pacífico Americano y los más célebres de Europa.
Es allí donde comienza nuestra historia con un joven pescador llamado Jeremías. Su vida había transcurrido cerca del mar, hijo de pescadores y el último de una generación de hombres fuertes y valientes que en aquella época se dedicaron a carenar barcos.
Siempre escuchó contar a sus abuelos sobre anécdotas ocurridas en el Astillero. Su sueño fue siempre construir un barco tan grande y tan hermoso que fuera digno de cruzar el océano y rescatar un poco de aquella historia, pero su condición económica jamás se lo permitiría, por eso solo se conformaba con llegar cada tarde después de la pesca a mirar ocultarse el sol a orillas de los Astilleros, desde allí contemplaba el horizonte, y su sueño alejarse cada vez más de la orilla…
Cierto día al llegar de su faena, cansado y abatido porque la pesca no había sido tan buena, se quedó en su lugar preferido esperando ver ocultarse el sol, estaba tan cansado que no se dio cuenta en que momento se quedó dormido…
De pronto una luz muy brillante y un ruido estruendoso lo hizo despertar y ante sus ojos, algo maravilloso ocurrió; decenas de hombres estaban allí, construían algo, ninguno al parecer se había percatado de su presencia pues todos seguían trabajando. Jeremías se aproximó hacia ellos y los miró desconcertado preguntándose ¿quiénes serían esos personajes y qué es lo que hacían?, ¿por qué nadie le había hablado de ellos?, corrió de un lado a otro buscando a alguien que le respondiera sus preguntas pero nadie parecía escucharlo, todos seguían trabajando…. jeremías jamás había visto esos rostros…
Al amanecer Jeremías vio como en medio de la espesa niebla aquella imagen se desvanecía y no quedaba nada de todo lo que había visto. Inmediatamente pensó… fue un sueño… nada más fue un sueño… se marchó a su casa y no pensó más en aquello. ¡Ah!, si hubiera sido cierto quizás el también hubiera contribuido en el trabajo…
El tiempo fue pasando, Jeremías era un hombre bueno, siempre ayudaba al que lo necesitaba, así no tuviera nada que comer, el prefería entregar toda su pesca a tanta gente pobre que vivía por allí. Todos lo querían y todos acudían a él cuando lo necesitaban, niños, ancianos, hombres y mujeres, y siempre lo veían rodeado de niños que se divertían escuchándolo contar sus historias y sus hazañas de pescador. Una vez un tiburón casi lo deja sin piernas, pero Jeremías no mató al animal, el decía que esas criaturas no eran malas, solo sobrevivían igual que todos lo hacemos en este mundo y que aquella bestia no era más depredadora que muchos hombres que devoran a la gente con mentiras, el animal mata para sobrevivir, el humano para calmar su sed de venganza, de codicia, de poder…
Un día… solía decir Jeremías, un día yo construiré un barco grande y llevaré a todos los niños y niñas en el, y buscaremos una isla donde solo reine la paz y la alegría, y seremos todos “amigos”. ¡Ah! pobre Jeremías, decía la gente, pasa todo el día en el mar bajo el sol que solo le queda inventar fantasías.
El tiempo pasó. Jeremías se fue volviendo viejo, ya no tenía fuerzas para ir a pescar, ya no contaba historias y tampoco podía ayudar a la gente, sin embargo su sueño seguía vivo en su corazón.
Cierta noche, Jeremías despertó inquieto, ¡alguien me llama! decía, las voces vienen de los Astilleros, debo vestirme. Sacó del viejo baúl de su abuelo un deteriorado traje blanco y un gorro de marinero. Jeremías salió a las calles y empezó a caminar sin rumbo, iba y venia sin decidirse a tomar la ruta.
De pronto, de entre las tinieblas de la noche surgió una imagen que le extendió su mano y le dijo: “Jeremías, Jeremías, el momento ha llegado, tu sueño se ha cumplido, ven conmigo”, y ante ese mandato Jeremías acompaño a la imagen y llegó a los Astilleros.
Allí estaba, el mismo cuadro que había visto hace tantos años, estaba allí, decenas de hombres trabajando, trocos de guachapelí, canelo, guayacán, algarrobo, mangles, cañas, robles, ricas maderas que fueron el tesoro de aquella gran época donde construir barcos era nuestra riqueza.
Allí estaban y ante tan bella imagen algo más maravilloso. Era imponente, majestuoso, digno de todos los mares, ante sus ojos el barco más hermoso que hombre alguno pueda imaginar jamás.
Los hombres se hacían a un lado, Jeremías no sabía porque le hacían reverencias. No decían nada, nunca lo hacían, solo extendían sus manos en señal de reverencia, señalándole el camino hacia el muelle.
Jeremías no sabía lo que sucedía, estaba maravillado, no sabía si reír o si llorar de alegría.
De pronto, la voz de aquella imagen lo sacó de su éxtasis y se acercó hacia el, esta vez tomando forma…, la forma de un ángel. “Jeremías” le dijo, “fuiste un hombre tan bueno que por eso Dios te ha devuelto tu sueño, allí tienes tu barco, ve y navega en el y busca tu isla, Dios te ha elegido para ser pescador de almas…”
Jeremías subió al barco y todos los hombres que habían trabajado en el, “fantasmas del Astillero”, lo acompañaron en su viaje…
Al día siguiente, los pescadores de aquel lugar encontraron a Jeremías con su traje blanco y su gorro de marinero muerto en su vieja canoa, pero con una hermosa sonrisa en su rostro…
El tiempo ha pasado y aún ahora en nuestra época cuentan nuestros abuelos que cuando un niño muere en el puerto, Jeremías viene en su barco y lo recoge para llevarlo a su isla que no es otra que el cielo.